Mi mamá no me dice Nicolás. Me dice perrito. A veces perrito lindo —592 de las 1.022 veces que lo escribió en diez años—, porque hay días en que lindo a secas no alcanza.

Yo le digo viejita. Es un trato: si ella es mamá-perrito, yo soy hijo-viejita.

Tenía esa conversación delante hace años y nunca la había mirado. Uno no mira lo que da por hecho.

Un día la miré.

Lo que hice

Junté diez años de WhatsApp —13.144 palabras, de 2016 a hoy—. Lo pasé por un proceso que escribí, lo convertí en datos, lo conté palabra por palabra. No para descubrir nada oculto; no había nada oculto. Para encender, por una vez, la luz correcta sobre algo que ya estaba ahí.

No salió un resumen. Salió un diccionario. No de español: de nosotros dos. Las palabras que inventamos sin darnos cuenta.

Hay una que es la que más me gusta. ¿Tienes almuerzo? En la superficie es una pregunta sobre comida. Por debajo dice otra cosa: te estoy cuidando aunque ya no vivas acá. Es la misma raíz que "¿comiste?" y "¿necesitas que te lleve algo?". Tres formas de decir lo mismo.

El diccionario completo —con sus definiciones, su fonética inventada y sus cifras— está acá: el diccionario de las dos →

Antes de seguir: cómo se hace esto sin faltar el respeto

Se lo pedí. Dijo que sí. Si voy a hablar de cuidado, parto por practicarlo.

Y hay una segunda regla, menos obvia y para mí igual de importante. Una inteligencia artificial puede escribir algo precioso sobre datos que no significan nada. Suena cierto, conmueve, y es horóscopo. Por eso, junto con la herramienta, construí una prueba: comparar el análisis real contra el de una conversación saboteada, y medir si alguien podría distinguirlos. Si no se distinguen, la lectura no vale. La herramienta y la prueba están abiertas, en el repositorio.

No quería un texto que sonara bonito sobre mi mamá. Quería uno que fuera verdad. Por eso conté.

Lo que el diccionario dejó ver

Ella siempre escribió primero.

Se rió el doble que yo: 1.013 "jajaja" contra mis 486. Reparte corazones rojos a manos llenas —721—; yo casi no mando. Pero tengo uno verde que es solo de ella, que no le mando así a nadie más. Lo usé 75 veces, y siempre fue para ella.

Y aplaude. El emoji de los aplausos, 👏, lo escribió 583 veces. Una por cada vez que algo me salió bien.

En todo —los apodos, las risas, los corazones, los aplausos— ella puso siempre, más o menos, el doble. Así es.

Lo que me queda

Diez años, trece mil mensajes, y el diccionario entero cabe en dos palabras: perrito y viejita.

La máquina no me cuidó. Ella sí, todo este tiempo, preguntando si comí. Lo único que hizo la máquina fue ayudarme a contarlo.

No es poco.