Existe otro Nicolas Steil. Produce cine en Luxemburgo y aparece antes que yo cuando alguien busca nuestro nombre en Google. Esta carta es para él.


Estimado Nicolas:

Cada cierto tiempo, alguien del cine europeo visita mi perfil de LinkedIn. Productores, directores, gente de festivales. Se quedan unos segundos, supongo que desconcertados, y se van.

Siempre les escribo lo mismo:

It was not me.

Después les explico que existe otro Nicolas Steil. Que vive en Luxemburgo, que produce películas, que ocupa una posición bastante mejor que la mía en Google. Les pido que, si algún día te encuentran, te cuenten que en Chile hay un hombre con tu mismo nombre, y que la situación empieza a irritarlo un poco.

Hasta ahora todos se han reído.

Yo también. Más o menos.


Te descubrí googleándome, cosa que ya es una confesión.

Hice la tarea, para que veas que esta carta no es improvisada: naciste el 2 de enero de 1961 en Luxemburgo. Fuiste periodista y cubriste la guerra del Líbano. En 1983 entraste a la televisión como reportero y presentador de noticias. En 1986 fundaste tu productora. Desde entonces has producido o coproducido unas cincuenta y cinco películas, en cinco idiomas.

En 1983 — el mismo año — yo nací en Santiago de Chile, en una casa de esquina que hoy ya no tiene número. Mientras tú empezabas a ponerle nuestro nombre a las noticias de tu país, yo estaba aprendiendo a decirlo.

Me llevas ventaja desde el principio. Cuestión indiscutible.


Quiero aclarar algo, porque sería lo obvio: nunca sentí que me hubieras robado el nombre. Habría sido más simple — un robo, al menos, da derecho a reclamar. Llegaste primero, trabajaste décadas, y es casi seguro que no sabes que existo. El nombre era de los dos y tú lo usaste. Ahí no hay delito.

Lo que me pasa es otra cosa, y puedo decirla sin problema: una mezcla de celos, orgullo y urgencia. No quiero tu carrera. No quiero producir cine ni vivir en Luxemburgo.

Aunque tal vez un día dirija un cortometraje. La idea es sencilla. Cuando mi papá se suicidó, tuvimos que ir a reconocer el cuerpo a la morgue del hospital de San Antonio. Yo no entré; entraron mi abuelo y mi tío Jorge. Mi tío Jorge le miró las manos y las vio moradas, y por un momento se imaginó que mi papá había intentado resistirse a la muerte. Después entró una enfermera de esas bien cariñosas. Lo que ocurría en realidad era que le estaba poniendo tinta en los dedos, para marcar las huellas dactilares.

Ese es el corto. Tal vez algún día lo haga.

Pero cada vez que alguien te busca y me encuentra a mí, ocurre una comparación absurda que dura medio segundo y me deja una marca chica: tú tienes películas. Yo, por ahora, tengo explicaciones.

Tú tienes, además, una palabra. Filmografía. Una palabra que agarra cuarenta años de trabajo y los convierte en una unidad, en algo que se puede mirar de una vez. Yo tengo una empresa, una familia, textos, proyectos terminados y varios a medias — y ninguna palabra que los contenga. Conozco todos mis borradores. De ti, en cambio, solo conozco la obra terminada.

Quizás eso es lo que te envidio. No la vida: la forma.


Ahora tengo que confesarte algo peor.

Nunca he visto una película tuya. Se lo he prometido a varios desconocidos en LinkedIn — “sí, claro, la voy a ver” — y empieza a ser vergonzoso. Esta semana, en vez de cumplir, hice algo más cómodo: leí de qué tratan las dos que dirigiste tú mismo.

Réfractaire: un estudiante que se esconde bajo tierra para no ser reclutado, cargando el apellido de un padre que todo el pueblo señala.

Le chemin du bonheur: un niño separado de sus padres a los seis años, que sobrevive inventándose otra realidad donde vivir.

No voy a explicar aquí por qué esas dos historias me dejaron un rato largo mirando la pantalla. Eso pertenece a un texto más grande que estoy escribiendo. Digamos solamente que, sin saberlo, llevas años haciendo películas sobre cosas que conozco de memoria.

Todavía no sé qué hacer con eso.


No te escribo para que me devuelvas el nombre. Tampoco para disputarte el primer lugar en Google, aunque no puedo prometerte que renuncié del todo a esa ambición.

Te escribo porque, sin conocerme, te convertiste en una pregunta que me visita cada cierto tiempo: ¿qué estoy haciendo yo con este nombre? Durante años creí que la respuesta tenía que ser una obra — algo grande, visible, equivalente a una filmografía. Ya no estoy tan seguro. Un nombre también se llena con cosas que Google no sabe ordenar.

Por si sirve de algo: estoy escribiendo un libro. Aparece una casa que perdió su número, un abuelo al que le decíamos un nombre que no era el suyo, y ahora — supongo que era inevitable — apareces tú.

Cuando por fin vea Réfractaire, te escribo de nuevo.

Saludos desde Chile,

Nicolás Steil El otro. El de la tilde.