Sin hilo todavía.

Los sabios de Chelm

Nicolás Steil. 1 de octubre de 2026. 8 minutos de lectura.

De dónde salió

De una actividad del colegio de mi hijo, y de un cuento que escuché hace años en un festival de cuentacuentos y que me hizo reír muchísimo.

Escribo esto unas horas antes de ir al Complejo Educacional Cerro Navia a contarles un cuento a niños y niñas de segundo básico.

Llegué hasta aquí por una actividad del colegio de mi hijo. Nos pidieron a algunos apoderados acompañar a los niños en una jornada de encuentro y, entre otras cosas, preparar un cuento breve para compartir.

El problema es que yo no soy cuentacuentos.

Pero inmediatamente me acordé de una historia.

No de un libro.

Ni siquiera recuerdo quién me la contó.

La escuché hace años en un festival de cuentacuentos y recuerdo algo mucho más importante: me hizo reír muchísimo.

Durante años quedaron flotando en mi memoria algunos pedazos: Dios, un ángel, dos recipientes —uno con inteligencia y otro con tontería—, un pueblo sobre el que ocurría un accidente, un zapatero, un viaje, unos zapatos, una carreta.

No tenía mucho más.

Así que durante estos días intenté reconstruirla.

Y descubrí que detrás de ese recuerdo existe todo un pequeño universo de historias.

El pueblo se llama Chelm.

El cuento

Dicen que, cuando el mundo todavía era bastante nuevo, Dios llamó a uno de sus ángeles y le encargó una tarea muy importante.

Debía recorrer el mundo repartiendo dos cosas.

En un gran frasco llevaba la inteligencia.

Y en otro gran frasco llevaba la tontería.

El ángel comenzó su viaje.

Voló sobre montañas, ríos, bosques y ciudades.

Un poquito de inteligencia aquí.

Un poquito de tontería allá.

Inteligencia.

Tontería.

Inteligencia.

Tontería.

Hasta que llegó sobre un pequeño pueblo llamado Chelm.

Y entonces ocurrió un accidente.

El frasco de la tontería comenzó a resbalar de sus manos.

El ángel intentó sostenerlo.

Pero no pudo.

Y el frasco entero cayó sobre Chelm.

Desde aquel día, Chelm se hizo famoso por tener algunos de los hombres y mujeres más sabios del mundo.

O, al menos, eso pensaban ellos.

Entre aquellos sabios vivía un zapatero.

Era un excelente zapatero.

Hacía zapatos grandes, zapatos pequeños, botas, botines y probablemente cualquier cosa que alguien pudiera ponerse en los pies.

Pero había algo que nunca había hecho.

Salir de Chelm.

Hasta que un día decidió conocer Varsovia.

Preparó algo de comida, agua, su abrigo y, naturalmente, sus mejores botas.

Y comenzó a caminar.

Caminó.

Y caminó.

Y siguió caminando.

Hasta que estuvo tan cansado que decidió dormir un rato al costado del camino.

Pero justo antes de cerrar los ojos apareció un problema.

—Si me duermo —pensó—, cuando despierte, ¿cómo voy a saber hacia dónde queda Varsovia y hacia dónde queda Chelm?

Pensó durante un rato.

Hasta que tuvo una idea.

Una idea extraordinaria.

Se quitó las botas y las dejó cuidadosamente en el suelo, con las puntas apuntando hacia Varsovia.

—Perfecto —pensó—. Cuando despierte sólo tendré que mirar hacia dónde apuntan mis zapatos.

Muy satisfecho consigo mismo, se quedó profundamente dormido.

Mientras dormía, pasó una carreta cargada de troncos.

Una rama sobresalía por uno de sus costados.

La carreta se acercó.

Pasó junto al zapatero.

Y…

¡TAC!

La rama golpeó las botas.

Y las hizo girar.

Ahora apuntaban exactamente en la dirección contraria.

Un rato después, el zapatero despertó.

Bostezó.

Miró sus zapatos.

Sonrió.

—Menos mal que se me ocurrió esto.

Se puso las botas.

Miró hacia donde apuntaban.

—¡A Varsovia!

Y comenzó nuevamente a caminar.

Caminó.

Y caminó.

Hasta que empezó a distinguir algunas casas a lo lejos.

—¡Varsovia!

Pero había algo extraño.

Una de las casas se parecía muchísimo a la casa del panadero de Chelm.

Más adelante encontró una plaza exactamente igual a la plaza de Chelm.

También había un pozo idéntico al de su pueblo.

Incluso algunas personas se parecían extraordinariamente a sus vecinos.

—Qué curioso es Varsovia —pensó—. Se parece muchísimo a Chelm.

Siguió caminando.

Hasta que llegó frente a una casa.

La miró.

Tenía exactamente las mismas ventanas que su casa.

La misma puerta.

El mismo árbol.

Entonces salió una mujer.

El zapatero abrió mucho los ojos.

Era idéntica a su esposa.

Y detrás de ella aparecieron unos niños.

Los niños corrieron hacia él gritando:

—¡Papá! ¡Papá!

El zapatero quedó paralizado.

Pensó.

Y pensó.

Y siguió pensando.

Hasta que, de pronto, abrió enormemente los ojos.

Había comprendido.

—¡Claro!

La explicación era evidente.

Él no había regresado a Chelm.

Había descubierto algo muchísimo más extraordinario:

existía otro Chelm exactamente igual al suyo.

Y cuentan que el zapatero se quedó a vivir allí.

Con aquella mujer que se parecía tanto a su esposa.

Con aquellos niños que, misteriosamente, insistían en llamarlo papá.

Y durante el resto de su vida estuvo absolutamente convencido de que aquel día había conseguido llegar a Varsovia.

¿De dónde viene esta historia?

Aquí la cosa se pone interesante.

Chelm existe.

Chełm es una ciudad real del este de Polonia. Pero el Chelm de estos cuentos es otra cosa: un territorio imaginario habitado por personas conocidas irónicamente como «los sabios de Chelm».

Durante generaciones circularon cientos de historias sobre habitantes de Chelm capaces de encontrar soluciones extraordinariamente complicadas para problemas muy sencillos.

Pero Chelm tampoco apareció de la nada.

El «pueblo de los tontos» o «pueblo de los sabios» es un motivo antiquísimo y bastante universal.

Los relatos de Chelm tienen parientes en los Wise Men of Gotham ingleses, en los habitantes de Schilda en la tradición alemana y, mucho antes, en la fama que adquirió Abdera en la Antigüedad como ciudad proverbialmente habitada por necios.

La tradición concreta de Chelm se consolidó en Europa oriental principalmente entre los siglos XVIII y XIX, mezclando relatos populares, sátira y motivos anteriores procedentes de distintas tradiciones europeas. Con el tiempo se convirtió en uno de los grandes ciclos del folclore en lengua yiddish.

El investigador Edward Portnoy señala precisamente que muchas de estas historias tienen equivalentes en otras culturas y que los relatos asociados a Chelm incorporaron materiales anteriores, especialmente de la tradición alemana de los Schildbürger.

Ruth von Bernuth, autora de How the Wise Men Got to Chelm, siguió esa genealogía durante más de tres siglos: ciudades imaginarias cuya estupidez permite, en realidad, hablar de nosotros mismos.

Porque ésa es quizás la gracia de Chelm.

Chelm nunca es solamente Chelm.

El ángel

También descubrí que mi recuerdo del comienzo tenía fundamento.

Una de las explicaciones tradicionales sobre el origen de Chelm cuenta que Dios envió a un ángel por el mundo con un saco lleno de almas tontas.

Debía repartirlas cuidadosamente: una en cada pueblo.

Pero algo salió mal.

El saco se rompió.

Y todas cayeron en el mismo lugar.

Chelm.

En la versión que recuerdo haber escuchado —y que voy a contar hoy— transformé aquello en dos frascos: uno con inteligencia y otro con tontería.

No pretendo que ésta sea «la versión correcta».

Probablemente no existe tal cosa.

Es precisamente lo bonito de un cuento transmitido oralmente: alguien lo recibe, lo recuerda imperfectamente, lo vuelve a contar y, al hacerlo, lo cambia un poco.

Los zapatos

La segunda mitad del cuento también tiene una historia propia.

En 1968, Isaac Bashevis Singer publicó When Shlemiel Went to Warsaw and Other Stories.

En uno de esos relatos, Shlemiel sale desde Chelm rumbo a Varsovia. Cuando decide dormir junto al camino, deja sus botas apuntando hacia Varsovia para recordar la dirección.

Alguien las gira mientras duerme.

Shlemiel despierta, confía en sus zapatos y termina nuevamente en Chelm.

Como no puede concebir que haya regresado al mismo lugar, llega a la única conclusión que considera razonable:

debe existir otro Chelm idéntico al suyo.

Incluso esta historia parece tener antecedentes anteriores. Hay registro de una versión impresa de 1887 en la que un rabino emprende un viaje desde Chelm en una carreta, se duerme y termina nuevamente en el mismo pueblo.

Mi recuerdo parece haber mezclado todas estas cosas.

Un ángel.

La tontería.

Un zapatero.

Unos zapatos.

Una carreta.

Y quizá eso sea exactamente lo que ocurre con los cuentos cuando sobreviven durante mucho tiempo.

¿Por qué contar éste?

Podría decir que lo elegí porque habla sobre el pensamiento crítico.

O sobre nuestros sesgos.

O sobre lo extraordinariamente buenos que somos los seres humanos para construir explicaciones que preserven aquello que ya creemos.

Todo eso probablemente es cierto.

Pero sería un poco tramposo.

Lo elegí porque me hizo reír.

Y porque todavía, muchos años después de haberlo escuchado, me acordaba de esos zapatos.

Hay algo delicioso en mirar al zapatero avanzar completamente seguro en la dirección equivocada.

No porque nosotros seamos mucho más inteligentes que él.

Sino porque, durante unos minutos, podemos verlo desde afuera.

Quizás buena parte de nuestras certezas se parezcan un poco a eso.

Nos ponemos los zapatos.

Miramos hacia dónde apuntan.

Y pensamos:

menos mal que se me ocurrió este sistema.

Después del cuento

Cuando terminemos de contarlo, los niños van a dibujar sus propios zapatos.

No habrá moldes.

Cada uno podrá imaginar los suyos como quiera: grandes, chicos, con colores, cordones, ruedas, alas o cualquier otra cosa.

Después los recortaremos y los pegaremos juntos sobre un gran papel kraft.

Todos apuntando hacia lugares distintos.

La obra tendrá una pregunta:

¿Hacia dónde apuntan nuestros zapatos?

Me gusta que el resultado no sea treinta dibujos separados.

Será una sola cosa construida entre todos.

Un montón de zapatos distintos.

Un montón de direcciones distintas.

Compartiendo el mismo papel.

Nota antes de salir

Publico esta página antes de que ocurra la experiencia.

Es la mañana del 1 de octubre de 2026.

En unas horas sabré si los niños se ríen cuando se cae el frasco.

Si intentan advertirle al zapatero que sus zapatos fueron girados.

Si gritan cuando comienza a caminar hacia el lado equivocado.

O si este cuento que llevo tantos años recordando funciona mucho mejor dentro de mi cabeza que frente a veinte niños de segundo básico.

Después volveré a esta página.

Quiero agregar algunas fotografías.

Quizás corregir partes del cuento.

Anotar qué funcionó y qué no.

Porque hay otra cosa que estoy empezando a entender mientras preparo todo esto:

un cuento oral nunca está completamente terminado.

Existe cada vez que alguien vuelve a contarlo.

Y durante algunos minutos pertenece también a quienes lo están escuchando.

Referencias y pistas para seguir leyendo

Edward Portnoy, «Wise Men of Chelm», YIVO Encyclopedia of Jews in Eastern Europe.

Ruth von Bernuth, How the Wise Men Got to Chelm: The Life and Times of a Yiddish Folk Tradition, New York University Press, 2016.

Isaac Bashevis Singer, When Shlemiel Went to Warsaw and Other Stories, 1968.

Ministerio de Educación de Chile, ficha institucional del Complejo Educacional Cerro Navia, RBD 10126.

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